¿Sabías que la Virgen de Guadalupe habló en náhuatl (lengua azteca) al joven indígena Juan Diego para pedir construir una iglesia como la que tenía en España en ese lugar donde se le apareció ? En IkonoMultimedia, contenido didáctico en español, te lo contamos

A veces un pequeño acontecimiento puede crear grandes hechos. Un simple paseo de un joven azteca camino de su clase de catequesis por el cerro del Tepeyac, iba a cambiar la vida de muchas personas. Justo cuando su mundo, una mezcla de dos viejos mundos para crear uno nuevo, iniciaba su camino. Estamos en el año 1531. Por aquel entonces, el país que hoy llamamos México no se conocía así. El nombre que primero tuvo fue Nueva España.
Hacía apenas una década que los españoles habían llegado, trayendo consigo su lengua, sus costumbres y, sobre todo, su religión: el catolicismo. En esas “nuevas tierras” para ellos, vivían unos pueblos indígenas con ricas culturas; algunas provenientes de antiguas y grandes civilizaciones. Pero para esos europeos, su civilización era “mejor” porque aseguraban tener en ella a la única y verdadera fe: su religión cristiana.
Así, los misioneros y nuevos pobladores que llegaban desde España necesitaban hacer entender esa idea de la “fe verdadera” a los indígenas. Aprender a convivir no resultó fácil al principio. Los españoles habían conseguido dominar al Imperio Méxica, el más poderoso de la región, aliándose con otros pueblos indígenas que estaban sometidos por ese imperio. Se necesitaba algo que pudiera consolidar esas alianzas entre personas que hablaban idiomas distintos y tenían creencias diferentes. Se pensó en la fe católica.
Era un tiempo de “encuentro de dos mundos”, un encuentro en la madrugada…
Y en medio de este gran escenario histórico, ocurre una pequeña historia que se convertirá con los siglos en la “más grande” de la Historia del futuro México. Te la recordamos. Es la historia de un joven indígena llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin, que caminaba muy temprano para ir a su clase de religión. Al pasar por el cerro del Tepeyac, escuchó un curioso canto de pájaros. El cantar era tan hermoso que le pareció música salida del cielo.
Justo al alcanzar la cima, y cuando el canto sonaba más fuerte, vio a una señora de rostro dulce y rodeada de un bello resplandor. De repente, ella le habló con naturalidad en su idioma náhuatl para que entendiera bien su mensaje y petición porque era algo típico de la tradición cristiana traída por España: “Deseo que se construya aquí un templo para demostrar todo mi amor y protección a esta tierra”.
Las apariciones de Vírgenes eran unos “fenómenos” muy dados en España, al ser el país europeo con más tradición mariana. Eso significa que existe mucha devoción por el culto a las Vírgenes. Esa devoción se pasaría a Nueva España (México) gracias a esa divina aparición de la Virgen de Guadalupe (en España tenía y tiene un templo en la localidad con ese nombre), siendo el puente que uniría a dos espiritualidades muy similares, pues los aztecas también tenían en su religión culto por las “Divinas Señoras”.

El milagro de las rosas y la Tilma que hicieron grande a esta pequeña historia
Juan Diego fue a ver al obispo, Fray Juan de Zumárraga, la máxima autoridad religiosa en la Nueva España. El valor del indígena de presentarse ante todo un señor obispo, un hombre serio de leyes que daba mucho respeto, se lo dio la Virgen de Guadalupe. El obispo accedió a verle y solamente le pidió “una señal que demostrase que su historia era verdad”.
Preocupado por no saber cómo demostrar que no mentía, empezó a agobiarse. Por eso, la Señora del Cielo se le apareció de nuevo y le dijo unas palabras que hoy calman el espíritu de millones de creyentes: “Tranquilo, ¿no estoy yo aquí, que soy tu madre?”
Así, la Virgen le pidió a Juan Diego que subiera de nuevo al cerro y que cortase las flores que allí encontrara. ¡Qué raro!, pensó el indígena, pues era pleno invierno y en ese cerro seco no solía crecer nada. Pero, milagrosamente, encontró las más bellas flores que jamás hubiese visto. Eran unas Rosas de Castilla; flores que, curiosamente, habían sido traídas sus semillas a América desde España hacía muy poco tiempo.
Un milagro tan vivo como hace 500 años…
Con cuidado, las guardó en su tilma, que es una capa de fibra de maguey muy llevada por la gente humilde en esa época, y corrió a ver de nuevo al obispo Zumárraga. Delante de él y de otros clérigos, abrió su capa para mostrar las rosas que encontró en el lugar de la aparición de la Virgen, pero ocurrió algo más increíble todavía…
En el forro de la tela de la capa apareció dibujada la imagen de la Virgen de Guadalupe, tal como Juan Diego la había visto. Además, en ese “divino grabado” se mezclaban símbolos de ambos mundos, como si la Virgen quisiera dar a entender que estaba feliz con esa nueva imagen producto de esa “mezcla” de civilizaciones. Había elementos indígenas, como el sol y la luna, con elementos de la tradición católica española.
Todavía hoy muchos estudiosos de esa “aparición de la Virgen” se siguen asombrando con los datos ocurridos hace 500 años. Cosas que resultan “milagrosas” como que el manto de la Virgen tuviera estrellas que coincidían exactamente con la posición de las constelaciones en el cielo de México el día del milagro. O más asombroso aún, que la Tilma (capa) de Juan Diego tenga cinco siglos y esté casi nueva, a pesar de ser de una tela sencilla que normalmente se deshace en unos veinte años :O


