
Te parecerá una frase que ya no escuchas. Un dicho que solamente dicen tus abuelos. Pero no te creas, muchas veces nos sale sin querer, como si la tuviéramos en la mente reservada para cierto instante, al sufrir un día caluroso en estos largos veranos llenos de Olas de Calor ; aunque, te sorprenderá, su significado principal nada tiene que ver con el calor…
El origen de esta frase en español, «el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija», es muy antiguo. Lo más certero para indicar su origen sería que proviene de la «sabiduría popular» española. Un saber que de tan evidente, en una sombra de un «potente» árbol el sol no molesta, pudiera parecer no tener mérito. Sin embargo, también supone un « saber clásico» con mayor contexto en sus significados. Lo encontramos en sus raíces de un refrán latino: Adhaerens potenti adversitatem non timet. Es decir, «quien se une al poderoso no teme a la adversidad».
Así, relacionando el «buen árbol» con el «poderoso» y su sombra con la protección y apoyo que te daría ese «alguien poderoso», entendemos el sentido más preciso que quiere darnos esta clásica frase. Porque «pegarse» a un sabio o a una persona generosa, nos propociona sabiduría por un lado y mayor seguridad de cubrir nuestras necesidades por el otro.

Por tanto, acercarse a buenas compañías y rodearse de esas personas con valores positivos nos faciltará el tener una vida mejor. Esta idea convertida en dicho se recoge bastantes veces en la literatura en español. Por ejemplo, aparece registrado desde los siglos XVI y XVII. Lo encontramos en obras como Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán y en el Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.
….respondió Sancho…. Yo me he arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en su compañía, y he de ser otro como él, Dios queriendo; y viva él y viva yo, que ni a él le faltarán imperios que mandar, ni a mí ínsulas que gobernar» (Miguel de Cervantes Saavedra, Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Barcelona: Instituto Cervantes-Crítica, 1615 = 1998, II 32, pp. 890-891)
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